15 diciembre, 2009

Habla-del-viento se siente juguetona. Sombra-de-nieve le muerde la cola y la loba se vuelve para devolverle un gruñido cariñoso. Antes-que-el-amanecer salta sobre ella y continúa con la pelea como si no fuesen más que tres cachorros caprichosos recién salidos de la madriguera. Pero no es cierto. Son ya lobos adultos y las hojas se cuajan de dorado en los árboles. Pronto llegará el invierno; no es momento de juegos. Ellos lo saben, pero lo ignoran, porque son felices.

Antes-que-el-amanecer se aleja de allí a paso rápido y las dos hembras le siguen. Sombra-de-nieve aulla. Ha detectado su rastro. Habla-del-viento mira a su alrededor. Esa parte del bosque no la conoce. No sabe si deberían estar aquí, pero Sombra-de-nieve se interna, así que Habla-del-viento la sigue.

Cada loba va por un sendero, en busca del olor del macho. Pronto Habla-del-viento no sabe dónde está, ni dónde están los demás. ¿A dónde se han marchado sus hermanos? El viento azota su hocico con el aroma de Sombra-de-nieve. La hembra ha de estar cerca, pero no consigue verla a pesar de ser tan blanca. Habla-del-viento emite un gemido y olfatea la hojarasca, la hierba y las piedras.

Llega hasta un zarzal. El olor la lleva a través de él. No es seguro estar aquí, lo sabe, pero instintivamente siente que debe sacar a Sombra-de-nieve de entre las espinas. ¿Cómo habrá caído aquí? Eso no importa ahora. La manada debe permanecer junta. Debe ayudarla. Y por eso Habla-del-viento se mete entre las espinas.

Cuando llega al otro lado tiene arañazos por todo el cuerpo, pero Sombra-de-nieve no está. Habla-del-viento mira en todas direcciones y gime. Busca su olor, pero no sirve de nada porque está en todas partes. Está demasiado confusa para guiarse por el olfato, pero ése es el único sentido que le sirve, porque está anocheciendo y el viento la ensordece.

Da un rodeo y vuelve sobre sus pasos, cada vez más angustiada. Allí está Sombra-de-nieve. Habla-del-viento se acerca a ella y celebra haberla encontrado. ¿Dónde había estado? Pero Sombra-de-nieve no dice nada, se aleja al trote junto a Antes-del-amanecer. Habla-del-viento mira a los espinos y luego a la pareja. Bufa. Da un paso para seguirlos y descubre que se ha clavado una espina en una pata. Suelta un gruñido y lame, pero la espina está encajada en la almohadilla y no podrá sacarla. Vuelve cojeando varios metros por detrás de los dos lobos, pensando en lo estúpida que ha sido al meterse entre las zarzas.

Por la noche, Aullido-de-verano y Luna-de-hielo cuidan de sus lobeznos en la madriguera. Habla-del-viento no quiere que sepan que ha ido en contra de la lógica, internándose en lo desconocido y metiéndose en las zarzas. La oscuridad oculta sus arañazos. Nadie pregunta. Se tumba a un lado y se duerme, sin dejar de pensar en la espina de su pata.

Pasan semanas y Habla-del-viento ha perfeccionado su modo de caminar para que no se le note la cojera. No quiere evidenciar debilidad. No quiere que nadie se preocupe por su pata. Pero el tormento es tal que se arrancaría las almohadillas con los dientes con tal de sacarse la espina. La herida se infectará si sigue ahí y lo sabe, pero Habla-del-viento es orgullosa. La manada, acostumbrada a su estoicidad, no pregunta por los arañazos de su lomo. No tiene por qué saber que el sufrimiento proviene de la pata. Habla-del-viento no lo evidenciará.

Pero llega el invierno. Cuando Habla-del-viento posa la almohadilla en el suelo helado, siente como si una esquirla de hielo le atravesase la pata de lado a lado. Le duelen los huesos. Tiene frío. Y lo único que la alivia es lamerse la herida, que cada vez tiene peor aspecto. Si fuese primavera podría hundir la pata en agua cálida para hacer que saliera la espina por sí sola. Pero es invierno. Hace frío. El agua está helada.

Habla-del-viento no hace más que preguntarse por qué se arriesgó de aquel modo. Las espinas no son un lugar seguro. Ella lo sabe. Cualquier lobezno lo sabría. Pero las preguntas no tienen respuesta. No puede contravenir sus instintos. Ahora le duele la pata por algo que no tiene sentido. Le da rabia, pero la espina sigue ahí y no importa lo que haga.

Como la loba no cojea, su manada no se da cuenta de que está herida.

1 comentarios:

CALLmeKAT dijo...

Si quieres hablar, ya sabes dónde estoy :)